CRÓNICAS DE UN AUTOBÚS 3: Señu… ¿y se me va a caer?

El mismo día que nacieron las “muñecas gemelas”, en la sala contigua de urgencias, estaban atendiendo al “señor retraído que se esconde tras los lentes” con un corte de 4 centímetros en su miembro viril.

Ricardo entró por la puerta del hospital tranquilo, sin hacer el mayor escándalo; caminaba lentamente, con las piernas separadas. La enfermera que lo atendió, al verlo llegar pensó “qué pasó mi cowboy, ¿dónde dejaste el caballo amarrado?” y se rió por sus adentros mientras esbozaba una educada sonrisa. Lo acompañaba una señora madura, más cerca del ocaso que del amanecer, que lo miraba de reojo, con cara de asustada y sin decir absolutamente nada. Agarraba su bolso con ambas manos y se lo apretaba contra el pecho.

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CRÓNICAS DE UN AUTOBÚS 2: Tremenda pedrada

Rosa Fernanda era una señora obesa. A sus 45 años, era toda una dama superlativa, macro gorda, una inmensidad de grasa que cruzaba la puerta 5 minutos antes que el resto del cuerpo. Una vez se le cayó un frijol entre las lonjas y cuando por fin lo encontró ya había germinado.

Tenía un puesto de comida en la calle principal de la ciudad y pasaba todo el día llevándose a la boca cualquier cosa; un pedacito de chorizo para ver si ya estaba cocido, la tortilla quebrada que según ella no se iba a vender, el cachito de queso a punto de echarse a perder… No entendía por qué Dios la castigaba con esa generosidad de redondez. Mientras atendía a sus clientes, sólo suspiraba y monotemáticamente exclamaba: “¡Pero si ni tiempo tengo de sentarme! ¡No desayuno, como ni ceno! ¡Debería estar como un fideo! Pero no, Diosito quiere que llegue a todos lados rodando en lugar de caminando. ¡Qué cruz la mía!”. Leer más »

CRÓNICAS DE UN AUTOBÚS 1: El amanecer

Hay días buenos, días malos, días ácidos, días amargos, días que saben a caramelo y días en los que desearías quedarte escondido bajo las sábanas.

Pero no importa, sea como sea el día, te toca levantar por la mañana cuando suena el despertador. ¡¡¡Maldito despertador!!!

Saltas de la cama y prendes el bolier para calentar el agua. Eso pasa cuando se tiene economía limitada y un bolier del año de la chancleta que no tiene piloto automático. Aprovechas, por mientras, a prepararte un café. Sabroso, aromático… mmmmmm. Te lo tomas lentamente al mismo tiempo que enciendes el televisor para ver las noticias de las 6 de la mañana. Por momentos te gustaría que fuera eterno…el café, claro; un pequeño instante de placer antes que se te alborote la gastritis. Alguna que otra galleta para sofocar el reclamo estomacal.

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